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Un Brujo Admite Que El Futuro Está Demasiado Tenebroso Para Predecirlo
Por Joe Loya
Date: 04-01-97
Al cundir el temor en las comunidades de inmigrantes en Los Angeles, en vísperas de cambios drásticos en las leyes de asistencia social (Welfare) e inmigración, un escritor recurre a un hechicero. El adivino admite que sus poderes han disminuído, pero sabe que el futuro es peor del otro lado de la frontera, y que la discriminación va en aumento dondequiera. Joe Loya, editor asociado de PNS, es un escritor que vive en Los Angeles y que hace poco salió de la cárcel, donde estuvo por asaltar un banco. (Este es el segundo escrito de una serie esporádica sobre hechiceros, brujos y adivinos y sus presentimientos del futuro.)
LOS ANGELES- La semana pasada como que hice las paces con la superstición. Me fui al corazón de la zona Este de Los Angeles para entrevistar a un brujo mexicano: un hechicero. Con eso de los cambios drásticos en la asistencia social (Welfare) e inmigración, quería saber qué le estaba aconsejando un adivino a la gente desesperada.
Yo me crié en un rígido hogar bautista en el que los brujos eran vistos como lacayos del demonio. Hace mucho tiempo que no creo en esa clase de superstición. Como no tengo contactos en esa materia, le pregunté a una tía que sabe del mundo de los brujos.
"Sé de uno," me dijo, "un buen brujo." Me dio la dirección de Víctor, cuya oficina no queda lejos de la unidad multifamiliar Maravilla (Maravilla projects), donde yo nací. Quizás me esperaba a alguien como el yaqui fantástico de las Crónicas de Don Juan, porque quedé medio decepcionado al darme cuenta de que hubiera podido dar con el brujo en la sección amarilla (yellow pages).
El letrero estaba pintarrajeado arriba de la puerta. Centro Espiritual El Negro Santo.
Una fuerte reja protegía la puerta principal y tenía una de esas celosías industriales, anticrimen: malla pintada de negro, que virtualmente imposibilitaba ver hacia adentro. Toqué sobre la celosía, misma que no tenía manija, y me incliné para asomarme.
De repente oí que la cerradura se abría. Víctor había estado ahí, detrás de la puerta. La abrió y me invitó a pasar. Seguramente supuso que era un cliente nuevo puesto que no teníamos cita.
Total, un cliente, pues lo único que dijo fue "tome asiento," y se fue al cuarto del fondo.
Me dejó solo durante 15 minutos.
El hecho de que Víctor se haya retirado sin decir ni una palabra no me causó ninguna sensación ni de maravilla ni de misterio. Esa frialdad me era muy conocida, esa descortesía típica de burócratas y de instituciones.
Y a pesar de que a Víctor a lo mejor le hubiera gustado que yo lo tomara por un intermediario más, de los que socorren a los pobres de la comunidad, para mí fue inevitable reconocer su calaña: de la cárcel (donde pagué mi sentencia por asaltar un banco). Tipos que se creían los diestros manipuladores de simplones. Con silencio, frialdad, "bluff," e intimidación. Explotando almas inocentes como lo hace la rata mafiosa encarcelada que para reclutar a los muchachos mexicanos, aún llenos de fe, se vale de un tono nacionalista y mítico al decirles: "Yo sé lo que le conviene a La Raza, de modo que vÉte a vender drogas en nombre de MÉxico."
Víctor regresó y se sentó cerca. Le dije que sabía de varias personas que confían en sus poderes de adivino. Solemnemente, asintió con la cabeza.
Un silencio momentáneo al fijarme la vista. Una mirada clavada e inconmovible. el estaba acostumbrado al contacto visual que desarma. Tenía la fría mirada de los exitosos Svengalis, artistas Ponzi, presidentes.
De la mirada de Víctor brotó una chispa de sospecha, breve aunque seria, al preguntarle si la posible reducción en el presupuesto para prestaciones en la asistencia social (Welfare benefits) había puesto más ansiosos y temerosos a sus clientes inmigrantes.
Víctor era demasiado listo como para negarse a la entrevista así nomás, pero no hizo intento alguno por quedar bien conmigo.
Sí, sus clientes están preocupados por las reformas en la asistencia social (Welfare Reform Act), dijo. Pero admitió que sus poderes de adivino se habían opacado. Actualmente el futuro está demasiado nebuloso aún para el hechicero más dotado. Si un inmigrante indocumentado llega y quiere saber si conseguirá trabajo y, más al grano, si será descubierto y deportado, Víctor no podrá (no puede) predecirlo. Lo único que le dirá al cliente es que se cuide.
Víctor ve una tendencia: "El país se está volviendo más discriminante. La situación está empeorando en vez de mejorar," dijo. "No va a cambiar. ¡Muchos, muchos problemas!"
Al cliente, en otras palabras: quizás pierdas tus prestaciones.
Es paradójico que me diga no se ve el futuro, diciéndome al mismo tiempo que el futuro presagia males para sus clientes; esto no inmuta a Víctor. Y me llevó al otro lado de la frontera.
"México está peor que aquí. El futuro es aún más incierto. Ahí uno peligra. Por lo tanto, la gente se queda aquí a pesar de lo que pueda emperorar. Pero más y más gente se dedica al dinero fácil. ¡La Droga!"
Sus predicciones agarraban vuelo. Relató: una madre perturbada vino a verlo. Su hijo se había salido de la escuela y andaba medio metido en el comercio de la droga. Le dijo que le mandara a su hijo. "¿Te has puesto a pensar en el dolor tan grande que esto le puede causar a tu madre?" le preguntó al muchacho, quien regresó a la escuela y se puso a trabajar. Un relato sencillo con un final feliz.
Salí del local del hechicero y me encaminé por la avenida César Chávez. Me entró una repentina ansia por regresar y pedirle a Víctor que me conjurara el espíritu de César Chávez para pedirle consejos. El Santo Negro podrá ser poderoso, pero yo siempre había creído que el mesías mexicano se parecería a un trabajador emigrante.
Entonces comprendí el encanto de Víctor. Se parece a todos los retratos que he visto de Benito Juárez.
Traducción de PNS por Rudolph Aceves

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