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Parpadea, Por Favor, Abuelita, Parpadea
Por Andrew Lam <lam@pacificnews.org>
Date: 04-09-97
Para esta familia de inmigrantes (legales, buenos trabajadores medianamente prósperos, pagan impuestos y son ciudadanos) el futuro depende de un parpadeo o de un movimiento de la cabeza. Este relato pone en evidencia los crueles efectos de los cambios a las leyes migratorias. Dicha crueldad es el resultado inevitable de dar la espalda a nuestra propia historia. El editor de PNS Andrew Lam es un cuentista y reportero que vive en San Francisco.
"Por favor, abuelita, parpadea, nomás parpadea, por favor," le dice mi madre, pero mi abuelita nomás se sonríe, y luego dice "Bye, bye," desde su silla de ruedas reluciente a la luz del sol. Eso es todo lo que recuerda en inglés.
"Está bien, abuelita," le digo yo, posesionándome de la situación, "si parpadear te es demasiado difícil intenta asentir con la cabeza. Mueve la cabeza, por favor, es importante que lo hagas. Mucho muy importante."
Nos contenemos y esperamos. Y nada. Nada de parpadeo, nada de mover la cabeza. Sólo esa constante sonrisa beatífica. Mi madre se rinde, alza los brazos y suspira. "Esto se acabó. Estamos perdidos."
Mi abuelita tiene que aprender a parpadear o a asentir con la cabeza en el momento preciso. Si no logra hacerlo para el oficial de Migración (Immigration and Natularization Service) podría perder la vida.
No exagero. Por no tener la tan codiciada ciudadanía de los Estados Unidos se le retirarán los servicios médicos que la habían mantenido viva a lo largo de una década.
Parpadea, abuelita, por favor.
La situación es que la otrora aguda viveza mental de mi abuelita se ha reducido a la de un bebé, salpicada de aislados destellos de lucidez.
Tiene 87 años de edad, es diabética y senil en extremo. A raíz de un infarto que la dejó parcialmente paralizada desde hace unos años, ha vivido en una institución para convalescientes. Ahí los encargados rutinariamente le revisan la sangre y le inyectan la insulina necesaria.
Ella es apta para la ciudadanía de los Estados Unidos puesto que es inmigrante legal y ha vivido aquí por más de dos décadas. En 1994 el Congreso aprobó una ley que exentaba de los requisitos del conocimiento de inglés y de civismo a los inmigrantes seriamente discapacitados. Pero ahora resulta que hace un mes Migración (INS) promulgó otras normas que retiraban esa exención. Dice Migración (INS) que habrá flexibilidad en cuanto a la manera en que tales inmigrantes hagan el juramento. Bastará parpadear o asentir con la cabeza, dicen ellos.
Aunque a Migración (INS) le parezca una solución buena, más aún, caritativa, es, por el contrario, un castigo rebuscado y cruel para los inmigrantes mentalmente discapacitados. ¿Cómo es posible que un enfermo de Alzheimer asienta algo con un movimiento de la cabeza en el momento preciso en que debe hacerlo? ¿Se le puede enseñar a un niño retrasado mental a parpadear bajo la suposición de que está haciendo un juramento? ¿Y cómo es posible que la gente que se encuentra en estado de coma, o completamente ida, capte que un sólo gesto tenga semejante significado?
La situación sería cómica en una obra de teatro o en una película cinematográfica de corte sarcástico; se me ocurre Samuel Beckett, Stanley Kubrick quizás. Pero esto no es un juego. Esto es la realidad americana actual para cientos de miles de familias de inmigrantes como la mía.
Parpadea, abuelita, por favor.
Desde luego que si echan a mi abuelita de esa casa para convalescientes no corre el riesgo, ni remotamente, de acabar en la calle: nosotros acostumbramos cuidar de los nuestros. ¿Pero con qué calidad lo haremos? Y, ¿Por cuánto tiempo? Mis padres no son ricos. Para llegar a tener una casa en los suburbios y alcanzar un modesto nivel de vida de clase media han tenido que trabajar durante décadas. Pero ya ambos tienen cerca de setenta años y de ninguna manera van a poder atenderla durante las veinticuatro horas, no se diga proporcionarle cuidados médicos.
Todo se reduce a esto. En el momento preciso, si mi abuelita no parpadea no consigue la ciudadanía americana. Entonces el gobierno podría retirarle la asistencia médica. De ser así, mis padres probablemente tendrían que vender la casa, fruto de su trabajo, para costearle el tratamiento médico. Y luego ¿Qué va a pasar cuando se acabe el dinero?
Parpadea, abuelita, parpadea.
Esta mujer, canosa, que sonríe a la luz del sol, sobrevivió dos guerras en Vietnam. Había visto ya los suficientes estragos como para diez vidas, incluyendo dos bombardeos en su casa por aviones americanos. Ella sola crió a sus cuatro hijos al morir su esposo a la edad 34 años, y, luego que huímos a los Estados Unidos hace 22 años, se dedicó a cuidar a los nietos, cocinar y hacer la limpieza.
Cuando tenía como setenta y cinco años de edad decidió retomar sus estudios para aprender inglés. "Nunca se den por vencidos," con frecuencia les decía a sus nietos, "hay que terminar todo trabajo empezado."
Sus firmes valores han abarcado tres generaciones, siendo todos ahora unos buenos trabajadores americanos. Pero en el ocaso de su vida mi abuela se ha topado con algo imposible de combatir. La burocracia banal del gobierno de los Estados Unidos.
Parpadea, abuelita, por favor.
El año pasado algunas de mis tías y tíos votaron a favor de la Propuesta 187, la "iniciativa contra el inmigrante indocumentado," con la esperanza de establecer la diferencia entre legal e ilegal. Pero muy pronto descubrieron que no había tal cosa. Para todos nosotros ha quedado claro que la purgación antiinmigrante no respeta esa diferencia, y que ataca al más débil: a los inmigrantes de la tercera edad, a los que no pueden votar o a aquéllos cuya voz no se hace pública.
¿Pero hasta dónde va a llegar esto?
Si para cuidar a los inmigrantes retrasados mentales y seniles estamos dispuestos a forzarlos a parpadear y a mover la cabeza, nosotros mismos ya hemos cerrado los ojos. Conforme se incrementa la actitud antiinmigrante hemos perdido de vista el hecho de que nosotros mismos somos una nación de inmigrantes. Cuando las sociedades se escudan con la burocracia para hacer sus fechorías, la única resultante lógica es la crueldad.
"Bueno, abuelita, hagamos de cuenta que yo soy el oficial americano," le digo. "Cuando te lea el juramento, parpadea o mueve la cabeza, ¿de acuerdo? Inténtalo."
Pero mi abuelita sonríe, nomás. "Bye, bye," dice. Súbitamente la veo tan pequeñita y frágil y distante, desvaneciéndose en la nada bajo los encandilantes rayos del sol de California. "Bye, bye."
Traducción de PNS por Rudolph Aceves.

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