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CIVIL CONFLICTS

Exilian a Delincuentes Jóvenes a Tierras Desconacidas

Por Lyn Duff

Date: 10-17-97

Parece pesadilla pero es la cruda realidad: delincuentes jóvenes que han accedido a declararse culpables a cambio de una condena moderada han sido deportados a "su tierra natal" que nunca habían visto. Como consecuencia de las nuevas leyes de reforma a la inmigración, el gobierno estadounidense está tratando de sacar del país a los delincuentes, especialmente a los infractores de drogas. De visita en Haití recientemente, la corresponsal de PNS Lyn Duff se entrevistó con dos individuos deportados. Duff es reportera de YO! Youth Outlook, periódico mensual, redactado por y acerca de gente joven, que publica Pacific News Service.

Puerto Príncipe-- Imagínate que una buena mañana despiertas en la cárcel de un país que jamás ni siquiera habías visitado. No conoces a nadie. No hablas la lengua. Además, te enteras de que quizás no puedas reunirte con tu familia, nunca.

Esta pesadilla es la vida real de Robert, un muchacho de 18 años criado en Boston. "Todos los días pienso en quitarme la vida," dice. "Por lo menos así ya no estaría en este maldito país. Me la paso arrepentido. Ya sé que la regué, pero a pesar de todo no creo merecer semejante castigo."

A principios de 1996 Robert, que entonces tenía 17 años y vivía en Boston, se peleó a puñetazos durante un juego de baloncesto en la preparatoria. La cosa empeoró y Robert sacó una navaja. Fue detenido por la policía y acusado de portar un arma en las inmediaciones de la escuela. Tras de varias semanas en la correccional (por primera vez), un abogado de oficio lo convenció de que se declarara culpable para conseguir, a cambio, una sentencia de sólo seis meses.

Lo que ni Robert ni el abogado tomaron en cuenta fue que el Servicio de Inmigración y Naturalización (INS) trae de ojeriza a los inmigrantes que delinquen, sin importar que sean "residentes permanentes" legalmente. Entre los 50,000 "extranjeros delincuentes" que fueron deportados en 1996, Robert fue desterrado a su "país de origen" -- en este caso, una isla en la que el muchacho jamás había estado.

Robert ha vivido la mayor parte de su vida en los Estados Unidos, pero nació en las Bahamas, hijo de obreros haitianos. En las Bahamas está terminantemente prohibido que los hijos de haitianos se conviertan en ciudadanos. De tal manera, cuando Robert llegó a Nueva York de siete meses de edad era, oficialmente, ciudadano de la Republica de Haití -- un país totalmente desconocido para él.

Estando en la correccional en Massachusetts, Robert se puso a estudiar y obtuvo el certificado equivalente a la preparatoria (GED) y además se capacitó en computación. Luego, faltándole nada más unos días para obtener la libertad, inesperadamente fue trasladado a una cárcel de adultos. La mañana siguiente Robert se encontró en una audiencia en la que el INS solicitó y obtuvo permiso para deportarlo.

"Cuando menos pensé," rememora Robert, "sin que mi familia se hubiera enterado de nada, iba yo en un avión con rumbo a Haití." Se pasó dos semanas en la cárcel en la ciudad de Puerto Príncipe, capital de Haití. Cuando lo soltaron se arrimó con un pariente lejano. Le ha sido difícil conseguir trabajo, aprender el idioma y llevarse bien con sus primos -- pero lo peor de todo es la añoranza que siente por su casa y su familia.

"Extraño la comida," dice Robert al ser entrevistado en su nuevo hogar en Puerto Príncipe, "...aparte de MacDonald's, simplemente la leche y las manzanas. Aquí la leche viene en cajas y sabe a rayos. Las manzanas son demasiado caras. Extraño el ambiente de la ciudad, el cotorreo con mis amigos. Extraño a mi mamá."

Robert continúa, "...estuve furioso durante mucho tiempo, odiando a todo mundo. Ahora ya nada más estoy deprimido. Hice mal, ya lo sé, pero, ¿mandarme aquí? No era para tanto. Creo haber pagado ya el precio de mi falta y ahora lo único que quiero es irme para mi casa. Pero no puedo."

Según Karen Karushaar, oficial de prensa del INS, en los primeros nueve meses del año se han deportado 167 personas de los Estados Unidos a Haití. Dicha cifra incluye a los delincuentes jóvenes que han cometido "...delitos graves, robo, drogas," señala ella. "Considero que debería de darnos gusto que estemos tratando de sacarlos; no los queremos en nuestro país."

Michelle Karshan, estadounidense, es vocera ante la prensa extranjera para el presidente René Preval y trabaja como voluntaria con los jóvenes haitianos deportados. Cuenta ella que ha visto a docenas de personas en la situación de Robert. "Están deprimidos, están arrepentidos. Se han dado cuenta de la estupidez en que vivían en los Estados Unidos y de su falta de visión para medir las consecuencias de sus actos. Están separados de sus familias. Tienen mamá y papá y hermanos, y casas con recámaras que no volverán a ver más nunca."

Joseph, ahora de 20 años, fue deportado de los Estados Unidos hace casi dos años. Fue acusado de vender droga, y al igual que el abogado de Robert, su abogado le aconsejó que se declarara culpable a cambio de conseguir que se le suspendiera la sentencia, sin darse cuenta de que lo ponía a merced de una deportación.

"Cuando aterrizó el avión," cuenta Joseph, "...pensé: ya estuvo, ya se fregó todo, no conozco a nadie en este país, no hablo su idioma. Estaba perdido."

Después de una semana en la cárcel mientras se hacían los "trámites," Joseph fue puesto en libertad. Se fue a vivir a la casa de un amigo que su familia había contactado cuando sucedió la deportación. El amigo le enseñó a hablar criollo y le ayudó a conseguir algunos trabajos. ¡Pero no hay como la familia y los amigos! "Vendí cuarenta varos de mota y por eso ya nunca volveré a ver a mi familia."

"Pienso en mi barrio," platica Joseph. "Recuerdo todas las calles y todas las grietas de la acera. Seré haitiano de nacimiento, pero me crié en los Estados Unidos. De allá soy. Ese país es mi casa."

Traducción de PNS por Rudolph Aceves.

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