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La Droga -- El Secretito de Familias Latinas
Por Barbara Renoud-Gonzales
Date: 12-02-97
Para la gente de la comunidad latina la droga ilegal y su comercialización está presente en la urdimbre de la vida --y las consecuencias recaen sobre parientes, amigos, seres queridos en general. La crudeza de estas relaciones, dice la comentarista Barbara Renoud-Gonzales, debe ser un recordatorio de que todos estamos relacionados, aunque no nos plazca, y que esta relación representa una carga dolorosa para los que están a dos fuegos. Barbara Renoud-Gonzales escribe mucho sobre la vida del chicano. Es articulista del San Antonio Express y comentarista de la Radio Pública Nacional.
Algunos de mis mejores amigos están en el comercio de la droga. Uno de ellos, Miguel Luis (el nombre es ficticio), era el capo chicano que manejaba negocios del actualmente encarcelado clan de García Abrego. Su territorio abarcaba desde Brownsville, Texas hasta la ciudad de Nueva York --¡A propósito de éxito!-- y ni siquiera figura entre los quinientos empresarios hispanos sobresalientes (Hispanic Business 500).
La única vez que leí algo acerca de él fue cuando él iba a hacer su declaración sobre las relaciones entre su jefe y Raúl Salinas, el infame hermano del expresidente de México.
No hay que escandalizarse. En la lucha de mi familia por lograr el sueño americano han sido las drogas las que han marcado la pauta. Mi hermano Gabo está en una cárcel tejana por haber cometido una serie de robos a mano armada, movido por su adicción a la cocaína. Mi hermano menor David murió en 1993 de una gripe que se le complicó debido a su drogadicción de años. Había que ver el entierro --un centenar de clientes acongojados, todos estudiantes o profesores. Resulta que David había estado vendiendo bolsitas de a quinto y pastillas durante años para pagarse sus estudios en la Universidad de Texas. Mi hermana Magda ya se desintoxicó de un romance con la heroína.
Es fácil decir que las drogas son malas. Pero la gente que conozco que anda en el negocio, conectes o consumidores, es gente buena. No andan más que tratando de hacerla, "a la americana," pero piensan que en el sueño americano hay unas leyes para unos y otras para otros --hay que seguir las reglas del juego, hasta uno mismo puede ponerlas. Dicen que el negocio de las drogas es más honrado que cualquier otra empresa. "Echale un vistazo a los fármacos, al tabaco, al caso Ford Pinto," dice mi amigo Juan Antonio, estudiante de leyes. "Ellos saben que ha habido gente que ha muerto por consumir sus productos y les importa un bledo. En la narcoindustria, nadie le miente a uno."
Y, a diferencia de los demás negocios estadounidenses, el comercio de la droga tiene en alta estima a los latinos. Las habilidades bilingües y biculturales son cruciales en la comunicación con los zares de la droga colombianos y mexicanos, y el núcleo familiar intacto es esencial para sobrevivir.
Sí, los riesgos son enormes, pero las recompensas son un sueño hecho realidad. Como todo el mundo, los latinos han visto en la tele el glamour de la vida, y obviamente la respuesta está en la droga. No hay más que decir que sí. Tal vez no pueda uno llegar a ser médico --apenas a mis treinta conocí un médico latino-- pero se gana más dinero que siendo médico.
Miguel Luis habrá dejado sus estudios, pero eso no quita que haya sido ambicioso. Yo creo que algunos de nuestros cerebritos que andan en el lavado de dinero lo hacen porque se aburrían en la escuela. En la droga uno puede destacar como pionero de técnicas contables y financieras en menos que un gallo cante "FBI." No hay de otra.
Si parece que estoy orgullosa de Miguel Luis, en cierto modo así es. Al fin y al cabo, ¿Qué diferencia hay entre los narcoejecutivos y los potentados del siglo pasado? Miguel Luis es el clásico niño pobre que la hizo. Dentro de cien años a nadie le va a interesar saber de dónde sacó tanto dinero.
No quiero dar la impresión de que somos los malos de la película porque el medio de la droga que yo conozco incluye a todo mundo. Todos en la misma familia. Mi gran amiguita de la secundaria, Adelina, enjuicia a gente como mi hermano, a quien ella adoraba. Sal, el juez que encerró para siempre a Miguel Luis, era amigo íntimo de mi difunto suegro. Mi amiga Paulina, doctora en medicina graduada en Harvard, jura que ella hubiera podido salvarle la vida a mi hermano David porque ella sabe --sus propios hermanos han sido arruinados por la droga.
La próxima vez que estés entre profesionistas latinos pregúntales si tienen algún pariente en la cárcel, por droga. Es de esperarse que haya negativas. Pero, por allí, queriendo y no, poco a poco va saliendo que sí, que un primo lejano está cumpliendo una sentencia, por robo, que necesitaba dinero para su dosis. Luego sale a relucir un tal tío Roberto, que rellenaba los paneles de su coche con bolsitas de plástico, llenas de polvito blanco. Y el nieto de la vecina vende anfetaminas caseras en casa de la propia abuela. Ya llevamos tanto tiempo con estos secretos que ya ni cuenta nos damos. Son vergonzosos. Nos hacen confundirnos.
La intimidad que tengo con el mundo de la droga me recuerda algo muy importante --que todos estamos relacionados entre sí, nos guste o no. Si vas a vender droga necesitas quién la compre. Está Miguel Luis, el zar de la droga, y está mi hermano Gabo, el adicto. No puede vivir el uno sin el otro, así de simple.
El mundo de la droga es un microcosmos de los que sí y de los que no. Es el drama estadounidense desarrollándose en la cocina de mi madre. Para latinos como yo, las interrogantes punzan, las respuestas nos eluden. "Haz algo."
¿Por qué yo? Porque yo ando aquí entre todo esto, atestiguando este espectáculo. Conozco a los traficantes, fui a la escuela con los consumidores. Voy a recepciones a las que van los comerciantes que venden los Mercedes y los Rolex que compró Miguel Luis. Sé que se marchitarían economías enteras sin el comercio de la droga. También sé que la guerra contra la droga no es para ganarse --porque queremos nuestra droga a toda costa, y los latinos están dispuestos a pagar el precio.
Estoy supuesta a decir la verdad. Que jugué a la pelota con Henry, actualmente en la cárcel por robo con allanamiento de morada. Que jugué al maquillaje con Zenaida, actualmente una cocainómana empedernida. Que fui de pesca con "Tonio," actualmente un capo. Estos son nuestros tíos, nuestros primos, las ovejas negras. Somos los policías y somos los ladrones, los banqueros y los zares de la droga, y la línea que nos separa es sorprendentemente tenue. Créeme, un diploma universitario no vale gran cosa si tu hermano está en la cárcel o está muerto.
Sí, uno escoge. Pero a mí jamás nadie me ha preguntado cómo se escoge. Cómo es que a mí me tocó salir adelante mientras que tantos han caído.
La gente dice, "Es que tú eres diferente. Tú triunfaste."
Y pienso, "Sí, claro. Pero si supieran."
Total, ahora ya saben.
Traducido por Rudolph Aceves, PNS

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