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La Lección de Sprewell-- Los Estados Unidos en Busca de Una Brújula Moral
Por Richard Rodríguez <richrod@sirius.com>
Date: 12-29-97
Es fácil sermonear acerca de las fallas de un sólo individuo como Latrell Sprewell. Pero sucesos como la muerte de Diana y de la Madre Teresa y la marcha de los "Promise Keepers" han dado con la lección clave del año --Los estadounidenses están concientes de que sucede algo muy grave en la familia estadounidense toda y añoramos la sensación de una moralidad que pueda componerlo todo. Richard Rodríguez, editor de PNS, autor de Days of Obligation (Viking-Penguin), es escritor de Harper's, del Los Angeles Times, y de la PBS News Hour con Jim Lehrer.
SAN FRANCISCO.- Después de que Latrell Sprewell, jugador negro de baloncesto del Golden State Warriors, trató de estrangular a su entrenador blanco, P.J. Carlissimo, las secciones deportivas de los periódicos nacionales se saturaron de los sermones de costumbre. Que si el rufián del millón de dólares puso el mal ejemplo, etc., etc.
A mi modo de ver las cosas la vida moral de este país no está basada en los modelos de conducta. Los héroes y las heroínas de cualquier sociedad simplemente reúnen en sí la tónica moral de toda una comunidad. Para que quede claro: Si hay atletas que se han convertido en monstruos, lo más seguro es que su entorno social no sea mucho mejor.
Sin lugar a dudas, cada quien es responsable por su propio comportamiento moral. Pero como integrantes de una sociedad, también nos influenciamos los unos a los otros, establecemos o violamos tabúes de tal manera que perjudican o contribuyen a la tónica moral general. El policía corrupto de Tijuana y el traficante de drogas negro de San Diego son, en buenas cuentas, socios morales del yupi cocainómano de La Jolla.
El jugador de baloncesto se vuelve arrogante después de firmar contratos con Converse o Nike por varios millones de dólares. ¿Y qué hay de la arrogancia de los ejecutivos de Converse o de Nike y de los agentes y abogados que manejan dichos contratos?
Todos estuvieron ahí presentes en la rueda de prensa del Sr. Sprewell en el salón de fiestas de un motel de mala muerte en Oakland. Sentado a un lado de Sprewell estaba su agente, blanquísimo él, y su abogado, el Sr. Johnny Cochran, un cotizadísimo oponente del racismo y abogado del cinismo. Y del otro lado estaba la boca engatusadora del sindicato de los jugadores. Latrell Sprewell masculló una disculpa carente de gracia --y no contestó preguntas. Los demás fueron los que se encargaron de hablar.
¿Cuál es el mensaje para los jóvenes estadounidenses? Que nadie, y mucho menos un rufián del baloncesto, está totalmente aislado, no en estos tiempos de contratos de 20 millones de dólares.
Si el incidente de Sprewell fue especialmente impactante fue porque señaló el hecho de que el entrenador de deportes es una de las pocas figuras adultas que representan autoridad sobre mucha gente joven en este país.
Así las cosas, ¿Hay alguien más en nuestra sociedad que se atreva a sermonear a los jóvenes y a guiarlos? Después de la agresión de Sprewell se notó el silencio que mantuvieron los "decanos" de la comunidad negra del país. En lo que queda de la institución de los derechos civiles de los negros, ¿Acaso hay alguien que aún pretenda tener influencia en la moralidad de las nuevas generaciones? Ultimamente, siento decirlo, la única voz de tono moral entre los negros de este país es la del ministro Louis Farrakhan. A pesar del profundo respeto que le guardo a la nación del Islám, el ministro Farrakhan, desafortunadamente, me da la impresión de ser el peor racista y demagogo de los Estados Unidos. Pero resulta que cuando sucedió lo de Sprewell él estaba de viaje en el Medio Oriente, haciéndole al diplomático frente al flash de las cámaras.
Sin embargo, no se me olvida que fue Farrakhan quien organizó la Marcha del Millón de Hombres a Washington en 1995. Esa manifestación de papás e hijos negros fue un evento extraordinario, sobre todo porque la intención e impacto fue moral y no político.
El evento más grande de este año fue otra Marcha del Millón, a manera de la de Farrakhan. Bill McCarty, ex entrenador de fútbol, "Coach Mac," se las ingenió para atraer a miles de hombres, la mayoría de ellos blancos, a la plaza de Washington para "comprometerse con Dios."
Mientras tanto los medios de comunicación seglares del país estaban absortos en las objeciones diversas de la Organización Femenina Nacional en contra de los "Promise Keepers" (Los Cumplidores). Era asombroso también ver que tantos hombres estadounidenses, empezando por el mismo Coach Mac, hayan tenido la necesidad de confesar sus fallas como esposos y padres, públicamente.
Posteriormente, los organizadores de la Marcha del Millón de Mujeres en Filadelfia no lograron su objetivo. Su enfoque era la identidad racial y la política. El centro de atención para este evento fue la mal afamada Winnie Mandela. ¿Qué iba a poder entender la señora Mandela sobre la enorme hambre de moral que está apoderándose de los Estados Unidos?
Laura Schlesinger, locutora y comentarista en la radio, conocida por sus millones de radioescuchas como la "doctora Laura," fue una de las primeras personas en evaluar, para su provecho, esta hambre de moral. Ella es ruda y presume de moralidad. Por otro lado, el pobre de Rush Limbaugh sigue metido en lo de Trent Lott y Bill Clinton. La agudeza de la doctora Laura nos dice que los estadounidenses están preocupados por el silencio que hay en la recámara y en la mesa del comedor, esto es, por la barrera que existe entre el hombre y la mujer, y entre el adulto y el niño.
Algo anda mal con la familia estadounidense entera. Así como los traficantes de drogas de los barrios bajos dependen de los consumidores que viven en los suburbios, y así como los atletas rufianes son manejados por agentes burdos, de la misma manera las mamis y los papis procrean y se apoyan entre sí y a sus hijos --o no se ocupan de hacerlo.
No es mera coincidencia que la noticia del año haya sido la muerte de Lady Diana. Durante varios días Londres (capital masculina por excelencia) estuvo bañada en lágrimas en su añoranza por la bella madre que había perdido. Los estadounidenses, por su parte y por lo mismo, no podían separarse de sus aparatos de televisión.
¿Por qué? ¿Y por qué después de varios días de la muerte de Diana, al llegarnos la noticia desde Calcuta que había muerto la Madre Teresa, otra vez el mundo entero se quedaba pasmado?
El año de 1997 quedará en la memoria como el año en que el mundo entero guardó luto por la muerte de la madre. Existe actualmente una enorme añoranza mundial por el padre y la madre, y esto lo perciben a su conveniencia propia Louis Farrakhan y Laura Schlesinger, pese a la tosca disimilitud que guardan entre sí estos dos personajes.
Sin lugar a dudas, la Madre Teresa de Calcuta nos demostró que no es necesario ser padres biológicos para ser una buena madre, o, de hecho, un buen padre. En mi opinión, ella fue la feminista más importante del siglo. Fundó hospitales y orfanatorios y su trabajo lo desarrolló, imperturbablemente, en el contexto de una iglesia católica extremadamente masculina.
Ella formó parte de una tradición feminista del siglo XIX, pienso yo. Las feministas del siglo pasado no sólo se involucraban en su propia emancipación. Se involucraban simultáneamente en la liberación de los niños y en la abolición de la esclavitud.
Las feministas estadounidenses actuales, al igual que sus ambiciosos novios, toman el feminismo de otra manera. Es el feminismo del YO. La autoliberación se reduce a ejercer una profesión, y el intento de encontrarse a sí mismo se justifica con dar una idea ténue de ser "modelo de conducta."
Según la lógica de Gloria Steinem, las niñas estadounidenses tendrían más modelos de conducta si hubiera más doctoras. Sin embargo, en toda esa palabrería acerca de modelos de conducta jamás se le ha dado importancia a la existencia o la carencia de una moralidad ejemplar para la juventud, de parte de los mayores. El tema preocupante gira nada más en torno a la profesión.
Tengo el presentimiento de que los doctores serían mejores, más dedicados y más cálidos mientras menos modelos de conducta existieran.
En términos generales, los políticos de izquierda se han tardado más que los de derecha en percibir el desasosiego moral que aqueja a este país. Aún así, ambos bandos estarían en un error si supusieran que se trata de una crisis política que hay que solucionar. Nuestro dilema moral es demasiado complejo e íntimo y está fuera del alcance de cualquier político.
Conforme termina el año, tiene uno la extraña sensación de que los Estados Unidos es un país donde hay muchos niños pero ningún adulto.
Traducido por Rudolph Aceves, PNS

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