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La Importancia de Conover La Vida Privada de Personajes Púplicos
Por Richard Rodríguez <richrod@sirius.com>
Date: 02-11-98
Muchos comentaristas, primordialmente feministas, tachan de irrelevantes las noticias de la vida sexual del presidente Clinton en relación con su desempeño público. Esto, sin embargo, requiere de una separación absoluta entre la vida pública y la privada. Tal separación es precisamente lo que feministas y homosexuales por igual han intentado eliminar durante décadas. Richard Rodríguez es editor de PNS, autor de Days of Obligation, ensayista de la PBS para el programa noticioso con Jim Lehrer, y escribe para Harper's y el Los Angeles Times.
Mucho antes de que supiéramos de la existencia de Mónica Lewinsky las agrupaciones feministas más grandes del país enmudecieron ante el tema de cómo Bill Clinton trata a mujeres como Gennifer Flowers. Pero, total, entre el peinado estrafalario y el perfume corriente, ¿Quién iba a fijarse en la S. Flowers? En un plano más elevado, lo que hacía falta en la Casa Blanca era alguien "progresista" que le diera un ímpetu al feminismo.
Hace apenas unos años grupos feministas hacían hincapié en nuestro derecho de estar enterados de la vida sexual de Clarence Thomas, ¿No es así? Ahora Molly Ivins, una reportera feminista en Texas, en su prosa vaquera dice: "Yo, por mi lado, no creo que la vida sexual del presidente tenga un sólo pelo que ver con su trabajo."
Yo no estoy de acuerdo. Yo creo que los estadounidenses estaban en todo su derecho de saber que el presidente Jack Kennedy tenía un romance con una mujerzuela de la mafia. La libido de Kennedy, tan conocida y tan cuidadosamente resguardada por el Servicio Secreto y por reporteros fieles, puso en peligro al país entero.
Los disparates famosos abundan en la historia. El dictador cruel adora a sus nietas. El maestro eminente se aprovecha de sus hijos. Sin embargo, estos casos son unas burdas tergiversaciones. No debería de existir una raya definida que separe la vida pública de la vida privada de nadie. Lo que somos en privado influenciará lo que somos en público. Y viceversa.
Esto viene del hombre homosexual que soy. Durante toda mi vida el medio heterosexual de este país ha intentado marcar una raya bien definida entre mi vida privada y mi vida pública. Los conservadores religiosos quieren encerrarme en el closet. Los liberales políticos, como el presidente Clinton, creen que la expresión "no pregunten; no digan" es un arreglo aceptable que permite que los gays sigan en la milicia. Mis verdaderos amigos, incluso, preferirían que me guardara estas cuestiones sexuales.
El feminismo de nuestros tiempos ya logró superar obstáculos que durante generaciones impedían que la mujer figurara públicamente. De igual manera, los gays luchan por salir a la luz. El riesgo que corremos, tanto homosexuales como feministas, es que nuestras ansias de libertad pública nos enceguezca ante las contradicciones privadas.
A los franceses les da por decir que, al fin y al cabo, los estadounidenses son unos puritanos. Los estadounidenses se vuelven unos mojigatos con el tema del sexo. Esos franceses. A pesar de su refinamiento por el vino y la comida, los franceses han demostrado su cobardía moral varias veces durante este siglo.
La intuición me dice que la mayor parte de los estadounidenses no somos mojigatos sino que nos hemos convertido en unos cínicos, muy a la francesa. Me temo que muchos estadounidenses prefieren vivir con una discrepancia entre lo público y lo privado llevados por una ambición desmedida por la vida pública. Muchas mujeres, lo sé, toleran el triste espectáculo de una presidenta feminista que trata mal a sus subordinadas, al salir de la iglesia, biblia en mano.
No somos ningunos santos, Dios bien lo sabe. El jugador famoso de football, el de la sonrisa maravillosa, le pega a su mujer. Y Thomas Jefferson se acostaba con sus esclavas. Y el sacerdote prefiere a los acólitos rubios.
Para mí, sin embargo, la franqueza lo es todo. Yo admiro más a Malcolm X que a Martin Luther King, Jr. Ambos fueron mujeriegos. Pero Malcolm X reconoció francamente el mal trato que les daba a las mujeres y se basó en sus errores para aleccionar a la generación masculina siguiente. Para llegar a ser un verdadero dirigente, en buenas cuentas, es necesario que uno confronte sus propias fallas.
"Ay, cuánto lo siento por Chelsea," dicen todos, entre suspiros. A mí lo que más me aflige es la educación que estamos dándole a la juventud de este país; por un lado les decimos que se apeguen a determinadas ideas en público, pero ocurre todo lo contrario al enseñarles el comportamiento a seguir en privado.
Me gusta lo que un periódico londinense dijo acerca de Hillary Clinton hace unos días --ella, el ejemplo de "la mujer nueva." Puede ser que Hillary Clinton sea la del problema, afirma el periódico de Londres. Ella tiene la tolerancia de la esposa victoriana; tolera el mal comportamiento y la arrogancia del esposo.
Ella se sonríe. Defiende a su hombre. En el momento en que él dirige esa mirada inocente hacia la cámara y de tajo niega un romance de 12 años con Gennifer Flowers, Hillary asiente con la cabeza. La vida pública significa demasiado para ella como para que se atreva a interrogar al hombre privado.
Traducido por Rudolph Aceves, PNS.

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