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El Coloramiento Moreno De Los Estados Unidos de NorteamÉrica
Por Richard Rodríguez <richrod@sirius.com>
Date: 02-25-98
En una gama que abarca desde John Hope Franklin hasta los escritores de las obras más recientes sobre relaciones raciales, el pensamiento estadounidense se rige en función de lo blanco y negro. Sin embargo, el color moreno sigue llegándonos incesantemente desde el sur de la frontera. Lo café --el color de los secretos de familia, la tonalidad del amor-- siempre ha espantado a los racistas blancos porque ellos no toleran complejidades ni matices. No obstante, sigue en aumento la complejidad estadounidense, lo moreno. El escritor Richard Rodríguez, editor de PNS y ensayista para el programa News Hour con Jim Lehrer, está terminando de escribir un libro sobre El color moreno.
Por dondequiera los Estados Unidos está adquiriendo una coloración morena. Los Angeles es nuestra ciudad morena más grande, California nuestro estado moreno más grande. Lo moreno está avanzando del oeste al este, del sur al norte. El color moreno espanta al "skinhead" de Colorado; desconcierta al historiador africano americano.
Cuando el presidente Clinton nombró a John Hope Franklin para que condujera un diálogo nacional sobre relaciones raciales, el profesor Franklin no tardó nada en recalcar que "el asunto pendiente de los Estados Unidos" es blanco y negro. Resulta, por lo menos, una ironía de la historia que un africano americano fuera el que acabara defendiendo la centralización de la dialéctica blanca y negra.
Generación tras generación los racistas blancos le han negado a los africano americanos la posibilidad del color moreno. La mera noción del color moreno enfureció al Ku Klux Klan --café, el color de los secretos de familia, pasión ilícita; café, el matiz del amor y de las cortinas cerradas.
Con el fin de negar la posibilidad biológica de lo moreno los racistas blancos tramaron la "teoría de una sóla gota," para que el esclavo africano siguiera siendo esclavo. Sin importar el matiz entre lo claro y lo oscuro de la piel, ni el grado de combinación de razas, seguía siendo africano quien tuviera una sóla gota de sangre africana en el cuerpo.
La realidad es que los Estados Unidos no fue jamás solamente blanco y negro. Desde el primer día en que los esclavos africanos desembarcaron en estas costas, en contra de su voluntad, ya había una tercera raza que complicaba las cosas: la india. El indio luchó contra el europeo, y también se casó con el europeo. El indio se casó, también, con el africano. Todos los africano americanos que he conocido me han dicho a lo largo de nuestra amistad, "...por cierto, ¿Ya te conté que mi abuela era cherokee y mi bisabuelo sioux?" El capítulo importantísimo sobre el matrimonio africano indio es uno que no aparece escrito en los tomos de historia estadounidenses.
A mí me parece que Lyndon Johnson fue el último presidente blanco y negro de los Estados Unidos. LBJ fue quien supervisó los últimos años del movimiento de los Derechos Civiles de los Negros hasta el desmembramiento de la segregación: bebederos separados, escuelas separadas, asientos separados en el cine, todo pensado para mantener separados al blanco y al negro. El californiano Richard Nixon fue quien acabó de tajo con el ajedrez blanco y negro mediante cinco opciones: blanco, negro, hispano, asiático y americano nativo.
Algo que nos da la señal de una emancipación real es que dos de los africano americanos más prominentes, Colin Powell y Tiger Woods, puedan hoy día hablar tan francamente acerca de su complejidad racial. A propósito de esto, el gobierno de Clinton dijo que nosotros los estadounidenses tendremos la posibilidad de autodescribirnos multirracialmente en los censos a futuro.
En noviembre del 97 la revista USA Today publicó una encuesta que muestra que un 57 porciento de los adolescentes se relacionan interracialmente. Los hispanos tienen el porcentaje más alto: 90 porciento. Y, ¿Por qué no? La mayoría de los hispanos son ya el resultado de una mezcla, ya sean puertorriqueños mulatos, mexicanos mestizos. La tez morena avanza implacable desde el sur de la frontera.
Las cebras, las fotografías de Robert Mapplethorp, los trajes de etiqueta, las teclas del piano --el mundo de blanco y negro es un mundo de contrastes de gran estilo, de onda, y a veces de elegancia. Sin embargo, cuando analizamos o juzgamos algo decimos que las cosas están en blanco y negro, que son o que no son, es decir, simplificadas al grado de no aceptar ni complejidades ni matices.
A pesar de que este país se torna más y más moreno, son pocas las voces públicas que aceptan lo moreno, o cómo lo moreno pudiera afectar nuestro diálogo nacional sobre razas. Los libros de moda sobre relaciones raciales más comentados son blanquinegros. Stephen y Abigail Thornstrom escribieron un blanquinegro optimista. Y de David Shipler tenemos un blanquinegro pesimista. Escojamos.
Soy un hombre moreno en un país negro y blanco. El diálogo negro y blanco lo he escuchado toda mi vida, como quien escucha un pleito de pareja desde el cuarto contiguo de un motel. En los años cincuenta y sesenta, azorado vi cómo el movimiento de los Derechos Civiles de los Negros forzó el final de la segregación. Allí en la televisión en blanco y negro de mi casa vi al presidente Johnson firmar la ley que ponía fin a una nación blanca y negra.
Luego el pavo real de la NBC desplegó el abanico de su plumaje y el país de los Estados Unidos de Norteamérica adquirió colores.
Traducido por Rudolph Aceves, PNS.

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