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La Tragedia De Arkansas-- La Verdad de Vivir Sin Consecuencias
Por Richard Rodriguez <richrod@sirius.com>
Date: 04-13-98
El aire que se respira en los Estados Unidos después del hecho de Arkansas está lleno de comentarios de adultos que dicen, "No sabemos...." La verdad es que ahora deberíamos de entender mejor qué se siente ser niño en un país donde la mayoría de los adultos no hacen la conexión que existe entre la conducta y las consecuencias. Richard Rodríguez, editor de PNS y autor de Days of Obligation, está por publicar The Color Brown. Es ensayista de la News Hour con Jim Lehrer y del Los Angeles Sunday Times.
Uno de los jovencitos encarcelados en Jonesboro, Arkansas, les dice a sus visitantes que ojalá que nada de esto hubiera sucedido jamás. êl quiere estar en casa con su mami.
A partir de esa mañana espantosa en la escuela Westside los adultos hemos estado tronándonos los dedos y repitiendo que ya no entendemos a la niñez, que no reconocemos como nuestros a esos dos niños que salen del bosque, camuflajeados, rifle en mano.
A decir verdad, la crueldad de los niños no tiene gran cosa de sorprendente. Torturar insectos o mascotas es casi costumbre de niños aburridos. Uno de ellos le pone una navaja de rasurar al jabón de baño en la escuela, otro pone vidrios rotos en el cajón de arena, y otro le prende fuego al basurero afuera de la iglesia, "...nada más para ver qué pasa."
A decir verdad, no hay cosa más pavorosa que la "inocencia" de la niñez. Un conocido mío se estremece al recordar ese día lejano de un mes de junio de hace muchos años, en que le disparó con un rifle de municiones a otro niño, movido por una curiosidad malsana. Recuerda el agujero negro en la pierna flaca de su amiguito. Recuerda la pesantez apabullante de aquel instante en que se percata y se arrepiente de lo que hizo al ver a varios adultos venir corriendo hacia él.
En otros ámbitos menos inocentes del país los adultos acostumbraban regañar y sermonear a los niños (propios y ajenos) constantemente, con el afán de inculcarles que todo acto acarrea sus propias consecuencias.
De niño yo me juntaba con un grupo de chicos de la clase media, y cuando estábamos aburridos nos íbamos a las orillas de la ciudad y apedreábamos el campamento de vagabundos. A esto le llamábamos el "bombardeo de vagos." En aquel entonces teníamos diez u once años. El padre de uno de nosotros, al enterarse de esto, nos reunió en la sala de su casa y nos aseguró que habría consecuencias. Nos forzó a imaginarnos las consecuencias: "Si vuelven a hacer eso y me entero...."
A pesar de haber transcurrido tanto tiempo, aún tengo muy presente la amenaza de aquel señor, pero hoy me parece como si fuera cosa de otro siglo, en un Estados Unidos diferente. Lo que pasa es que actualmente este país en que vivimos es una nación repleta de adultos inconscientes de las consecuencias de su propia vida, así eliminando toda posibilidad de jamás educar a sus hijos.
Hace un par de semanas, tras lo de Jonesboro, la provincia estadounidense le echó la culpa de todos sus problemas a las grandes ciudades. Que los productores de Hollywood habían insensibilizado a nuestros hijos al grado de la violencia. Que el ambiente pandillero de la zona Sur Centro de Los Angeles contagió a un Jonesboro bucólico. (¿No acababa de presumirle uno de esos niños a un compañero de aula que él era un "Blood"?)
Por su lado, gente de las grandes ciudades sacó a colación la violencia de esos pueblitos de blancos rodeados por la Iglesia Bautista y Wal Mart. Súbanse al Greyhound con rumbo al sur del país para incursionar en la región más escabrosa del alma estadounidense: West Paducah, Pearl, Lineville, Blackville, territorio de Stephen King.
Algunos adultos piensan que la solución está en prolongar las condenas, "¡...dénles cadena perpetua!" Todo un ejército de sicólogos infantiles de la CNN recomienda terapias diversas. Desde su gira en Africa el presidente Clinton expresó interés en que Janet Reno, la Procuradora General de la Nación, organizara un grupo de expertos para estudiar el problema de la juventud descarriada.
Uno tiene la sensación de que ninguno de los expertos ha leído Lord of the Flies, de William Golding, o de que ninguno de ellos estuvo nunca en ningún campamento de verano. De igual manera, uno tiene la sensación de que son pocos los adultos estadounidenses que pueden imaginarse cómo será la vida de un niño, hoy día, en un país donde no existen las consecuencias.
Los adultos tomamos la píldora o abortamos o recurrimos a cualquier medio para eludir las consecuencias no deseadas; le echamos la culpa a la ciudad si es que vivimos en los suburbios, o a los suburbios si es que vivimos en la ciudad; le echamos la culpa de nuestro comportamiento a la madre de Freud, o culpamos al sacerdote; le metemos una demanda a la empresa cigarrera porque nos dio enfisema o demandamos a McDonald's porque el café nos quemó los muslos. Llevamos a nuestros niños al cine a ver películas en las que vuelan cabezas, y luego le echamos la culpa a Bruce Willis de que nuestros hijos salen del cine con los ojos en blanco.
Los Estados Unidos, donde vivimos, es un país donde los adultos no toman en cuenta las consecuencias de su comportamiento. Por lo tanto, nuestros hijos carecen de la lección crucial de su educación moral. Entonces, ¿De qué nos azoramos?
A Samuel Beckett, irlandés, dramaturgo de lo absurdo, lo apuñaló un desconocido. Beckett sobrevivió al ataque. Después fue a la prisión a visitar a su agresor, para preguntar: ¿Por qué?
El prisionero no dijo nada. Cada que Beckett le preguntaba algo, él sólo mascullaba, "No sé."
Es la respuesta más escalofriante que pueda dar un adulto. Es una respuesta robotizada, un lamento infantil: No sé por qué lo hice.
Dondequiera se oye a los adultos decir, "No sabemos." "No sabemos." El papá en Jonesboro le da a su hijo un rifle una Navidad, le enseña a apuntarlo. Lo que no le dijo, al parecer, es que ése era un rifle de verdad, ni le dijo que una bala tenía consecuencias de carne y hueso.
El abuelo salió en la tele la semana pasada, acongojado porque acababa de darse cuenta de quién era realmente su nieto. Dio la impresión de ser tan niño como el niño preso.
Ahora lo saben ambos. Sí y no. Uno de los chicos presos en Jonesboro les ha dicho a sus visitantes que no recuerda jamás haber jalado el gatillo. Así de desconectado de sus propios actos está él.
Queremos que se les castigue por la gravedad de los hechos --nosotros los adultos queremos que por decreto federal se invalide la ley de Arkansas que atenúa el castigo a menores. Pero también tenemos presente el patetismo de la situación desgraciada de esos muchachos.
Quisiéramos poder sacarlos de la cárcel de las consecuencias. No se puede. La tragedia es así. Esos dos chicos jamás se escaparán de las consecuencias de lo que hicieron. Es su encarcelamiento. Y el nuestro.
Traducido por Rudolph Aceves, PNS

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