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Por Un Tiempo Europa Se Apoderó De La Imaginación Estadounidense-- Ahora Es Al Revés

Por Richard Rodriguez

<richrod@sirius.com>

Date: 04-20-98

En épocas pasadas Europa fue la fascinación de los estadounidenses, pero ahora al finalizar el siglo los papeles están volteados. Europeos jóvenes y no tan jóvenes se lanzan a Nueva York y a Los Angeles para aprender a vivir, mientras que los turistas alemanes e italianos --llamados "euroescoria" por los estadounidenses hastiados-- se lanzan a San Francisco y a Miami, lugares decadentes. Richard Rodríguez es editor de PNS, autor de "Days of Obligation" y ensayista de la News Hour con Jim Lehrer.

SAN FRANCISCO - Los estadounidenses de antaño --los bohemios y los millonarios, los intelectuales y los de la alta sociedad-- solían sentir la necesidad de viajar a Europa para aprender a vivir. Europa nuestro terruño, Europa la obsesión estadounidense, Europa la madre patria.

Aún sin tener ascendencia europea uno se da cuenta de la fuerza que Europa ejerce en la imaginación del estadounidense. En mi caso, por ejemplo, Europa ha tenido siempre el enfoque de mi imaginación literaria. Hasta hace poco tiempo me ocupé de ver que los mejores libros en inglés acerca de México los escribieron ingleses. Los escritores estadounidenses no escribieron acerca de México ni de Canadá ni de Australia.

Tradicionalmente, si un escritor estadounidense incursionaba más allá de nuestras fronteras era hacia Europa --de manera inevitable, de manera curiosa. Inevitable porque en una gran parte de nuestra historia nos hemos identificado como un país que se derivó de Europa. Pero curiosamente porque los Estados Unidos es un país que se fundó a raíz de la rebelión contra una corona británica aplastante y contra el antiguo régimen aristocrático.

A fines del siglo XIX los inmigrantes alemanes y los italianos y los suecos se refugiaron en la isla de Ellis para escaparse de la pobreza europea. Pero si Europa era la patria antañona y los Estados Unidos la patria nueva, los inmigrantes de pronto se encontraron en un lugar que parecía no tener ni historia ni memoria y por tanto nada de experiencia en la vida. Los estadounidenses nos juzgamos inexpertos.

Cuando Mark Twain, nuestro escritor estadounidense más autorreflexivo, transportó su persona literaria a Europa él adoptó para sí el papel de "un inocente en el extranjero." Henry James escribió novelas acerca de heroínas jóvenes que llevaban nombres tan sencillos como Daisy Miller, misma que se vio atrapada en el cinismo de salones europeos.

Aún así los estadounidenses iban. Los nuevos ricos de Pittsburg y de Chicago hacían el gran "tour" con la esperanza de comprar experiencia, aprender sofisticación. Hasta la fecha, los meseros franceses altaneros nos ponen de nervios a los estadounidenses, y el acento inglés clasemediero de Cary Grant le resulta grandioso a nuestro oído estadounidense.

Hace poco, con el asunto de Mónica Lewinsky, yo me daba cuenta de que los estadounidenses criticaban a sus propios paisanos por la carencia de sofisticación. La gente decía que al fin y al cabo en Europa las cuestiones sexuales no tienen mayor importancia. No hay más que ver lo que pasó al morir el presidente de Francia. La esposa y la amante estuvieron presentes en el entierro.

Europa lo sofisticado. Estados Unidos lo tosco.

A decir verdad, el siglo XX no ha favorecido a la superioridad moral europea. En un lapso de cuarenta años Europa se ha devorado a sí misma dos veces. Europa le dio al mundo un Hitler y un Stalin. Mussolini y Franco.

En el período que siguió a la Segunda Guerra Mundial uno tenía la sensación de que Europa iba alejándose de la imaginación estadounidense. Hasta últimamente vemos a las claras que los Estados Unidos es una sociedad global y no sólo es algo que inventó Europa. Seguros de sí mismos, la cultura pop estadounidense ha logrado un dominio mundial.

En el otro extremo de nuestro siglo la escritora estadounidense Gertrude Stein, quien vivía en París, describió a la ciudad de Oakland, California, como "...un lugar sin lugar." En la actualidad yo no sé de ningún estadounidense joven que anhele ir a París para volverse escritor. Pero sí sé de africanos jóvenes en París que toman su inspiración de la Oakland afroamericana.

Desde hace cincuenta años el mundo entero nos ha considerado demasiado poderosos como para que podamos pasar por inocentes. Lo curioso es que ya casi terminado este siglo, a los europeos les ha dado por hacerse los inocentes y por considerarnos a nosotros contaminadores de males.

Hace unos cuantos meses un entrevistador estuvo fastidiándome en la radio inglesa, culpando a los Estados Unidos --nuestra música, nuestro cine-- por el incremento en el índice delictivo en Londres (pandillas, armas de fuego, graffiti).

Los papeles se han cambiado. Estando ya por finalizar este siglo, jóvenes y jóvenes menos jóvenes se lanzan a Nueva York pero con más ganas a Los Angeles para hacerla como guionistas y directores de cine. Los turistas alemanes e italianos --"... la euroescoria," les dicen los que viven en el hastío, acá-- se lanzan a San Francisco o a Miami, decadentes, ambas.

A decir verdad, no existen diferencias muy grandes entre la moralidad de San Francisco y la de Berlín. "La única diferencia," dice un amigo mío alemán, "... es que en San Francisco el pecado tiene un tono más subido porque ustedes los estadounidenses siguen imaginándose que pueden pasar por inocentes."

Traducido por Rudolph Aceves, PNS

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