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THE AMERICAS

A Lucha de Los Zapatistas Por Mantener Una Vida Normal

Por Mary Jo McConahay

Date: 08-04-98

Los estados del sur de México están concentrando la atención internacional una vez más, en vísperas de la visita del secretario general de las Naciones Unidas Kofi Annan y una propuesta de conversaciones del misterioso comandante Marcos. Pero la esencia de la "rebelión" Zapatista está lejos de los comunicados y la escena mundial: está en la árida misión de sobrevivir día a día. La editora de PNS América Central, Mary Jo McConahay, ha escrito desde América Latina para las publicaciones National Catholic Reporter, Choices, Mother Jones y otras por más de una década. Este artículo es el primero de dos entregas.

POLHO, MEXICO - Estos son tiempos peligrosos para los indígenas Maya Tzotzil de las sierras de Chiapas. Mantener meramente la normalidad de la vida cotidiana en una atmósfera de alboroto y miedo es lo que quiere decir ser Zapatista ‹ un defensor de este movimiento local por la autonomía que lleva cinco años.

La respuesta del gobierno central a este movimiento ha hecho que unas 6000 personas huyeran a esta aldea montañosa, alguna vez el hogar de 1000, buscando la seguridad que puedan traer los números.

"No sabemos qué es lo que va a pasar", dice Luciano (36), un vocero del pueblo. "No pensamos regresar a nuestros poblados de origen, porque los soldados federales y los paramilitares están allí, dentro de las comunidades".

Docenas de Mayas Tzotzil han muerto violentamente en el transurso del año pasado, incluyendo 45 que fueran asesinados en el pueblo de Acteal por fuerzas paramilitares a favor del gobierno en diciembre último. Después de Acteal, tropas del ejército inundaron esta área rica en café ‹ las tropas son visibles día y noche en los nuevos campamentos que rodean Polho ‹ las cuales los Tzotzil ven como cómplices de la violencia.

Esta es una aldea antigua, con impresionantes vistas de lujuriosos, sólidos picos que llegan hasta las nubes en tránsito. Empinados senderos de tierra conectan los puntos más dinámicos de la comunidad ‹el porche donde se reúne el concejo del gobierno, una clínica, una ferretería en la que se pueden encontrar sodas calientes (pero poco más) y conversación, plantaciones de vegetales, cafetales y, allá arriba donde pasa la autopista pavimentada, el lugar en el que un grueso poste yace cruzado a lo ancho de la barrosa carretera hacia el pueblo, símbolo que intenta prevenir el paso a los que intenten causar daño.

De acuerdo a observadores de derechos humanos, entre 500 y 700 civiles han muerto desde que el levantamiento Zapatista comenzara en 1994, a pesar de un alto al fuego que entró en vigor pocos meses después. Grupos paramilitares en pro del gobierno, con nombres como "Paz y Justicia", han hecho su aparición expulsando a quienes no aceptan su autoridad.

El centro de derechos humanos de la Iglesia Católica para esta diócesis ha documentado dos años de expulsiones, incendio de viviendas y asesinatos en los dos años previos a Acteal ‹todos sin castigo, y casi todos en manos de militares pro-gobierno. Aquí se los llama "Pri-istas", siguiendo al nombre del partido gobernante, el PRI.

A pesar del peligro, Antonio ‹ de 45 años, y padre de 12 hijos ‹ todavía anuncia de buena gana "Soy Zapatista" porque, explica, todos los otros caminos parecen haberse agotado.

"Fui a la escuela sólo hasta cuarto grado, pero poquito a poco fui aprendiendo más", dice, mencionando cursos en enfermería, agricultura orgánica, y de cría de peces. Incluso consiguió algunos trabajos como "asesor técnico" indígena en programas del gobierno.

Pero llegó el momento de evaluar la situación. "Estaba haciendo lo mejor que podía, como habían hecho mi padre y su padre, y aún así no podía darle a mi familia las necesidades más básicas, como zapatos".

Antonio habla también en nombre de la percepción local de que un insidioso racismo contra los indígenas alcanza cada rincón de la vida en este lugar. "En cada trabajo, los agrónomos del gobierno e ingenieros bien pagados se aprovecharon del tipo de conocimientos que aprendimos de nuestros padres. ¿Pero cómo nos beneficia a nosotros?"

Después del levantamiento armado de los Zapatistas en enero de 1994, Antonio decidió que, sin un cambio, "no había futuro". Ahora está organizando a los recién llegados del pueblo para sembrar. "Estamos empezando con col, radicheta, lechuga, zanahoria, patatas". No tiene planes de irse. "Es un trabajo hermoso. Voy a quedarme aquí".

La promesa puede ser de corazón, pero también sabe que los Zapatistas no pueden viajar fácilmente estos días. Las carreteras y accesos a las ciudades están militarizados con agonizantes controles de documentación, y las autoridades del gobierno han demostrado su voluntad de arrestar personas por crímenes que los observadores de derechos humanos dicen que son ficticios.

José Miguel (22), su madre, su mujer y su hijo de 4 años están sentados sobre un pedazo de plástico en el precioso espacio de su apartamento frente a la ferretería, clasificando por color una pila de granos de café.

Los Tzotzil han sido aquí desde hace mucho gente de café. Las laderas de las montañas son verde oscuro, gracias a los tupidos árboles de hojas brillosas, y el café ha provisto por mucho tiempo lo suficiente como para no tener que unirse a quienes se ven obligados a cultivar en los bosques tropicales, del otro lado del estado.

José Miguel vivía en la aldea de Tzajalhucum. "Tengo 1200 árboles", se lamentaba. Se puede recoger tres veces por año, dice, pero este año los Pri-istas recogieron las dos primeras cosechas para ellos mismos sin pagar nada. La oficina de derechos humanos de la iglesia ha documentado esta acusación. "Si fuera a recolectar yo mismo me hubieran matado", dice.

Antes de la violencia, José Miguel tenía verdadero optimismo en salir de la pobreza que gobierna los pueblos pequeños de aquí. Él es parte de una cooperativa de recolectores de café con 15 años de existencia, con miembros en 20 comunidades, lo cual le asegura un precio justo por su café.

Cuenta de los bienes que abandonó ‹ maquinaria para el tratamiento del café, una radio, una grabadora, ropas, reservas de alimentos. "Ahora cuando el niño está enfermo, no tenemos dinero suficiente para comprarle medicinas", dice.

Se las arregló para conseguir estos granos porque "fui rápido y corté de prisa", escogiendo sólo lo que podía cargar en su espalda y cuidándose de los paramilitares o de la policía del estado. "Estaba asustado".

Polho puede ser representativo de la resistencia Zapatista, pero de no ser por eso se parece mucho a cualquier otro poblado de América Central. Con las primeras luces del día, las mujeres charlan y ríen mientras lavan la ropa en las piletas comunales. Al mediodía, incluso el sol del invierno es tan caliente que un descanso es la mejor defensa. Con la puesta del sol los hombres jóvenes, repentinamente tímidos, pasan junto a grupos de mujeres jóvenes, claramente a la espera de llamar la atención. Algunos parecen un poquito tristes ‹ tal vez porque no hay cerveza, habida cuenta de que las comunidades Zapatistas han prometido no beber.

Pero es imposible ignorar el movimiento en la autopista de arriba: soldados de verde oscuro, policía estatal de azul oscuro, policía federal de negro. Y, ocasionalmente, una camioneta con la caja descubierta cargada de hombres de ropas simples que silban y abuchean a los aldeanos.

"Paramilitares", alguien dice.

Traducción al castellano: Lucrecia Miranda

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