Sus ojos oscuros. Su sonrisa. Cuanto más se acercaban sus labios, más lo amábamos. Pero el «Latin Lover» continuó siendo exótico porque, la verdad, la mayoría de los norteamericanos no tenían mucha idea de América Latina.
Desde hace aún más tiempo, desde su independencia de España, los latinoamericanos han mantenido su propio romance. En la áspera luz del día y durante la peligrosa noche, los latinoamericanos han soñado con un hombre duro, un hombre con resolución y fuerza
capaz de rescatar la nación.
Dos de los hombres fuertes que están haciéndose viejos en América Latina han aparecido recientemente en las noticias.
El cubano Fidel Castro andaba viajando por España, jugando al gran antiguo hombre de la izquierda internacional. No demasiado lejos, el ex-presidente de Chile Augusto
Pinochet -en Inglaterra por tratamiento médico- era detenido por Scotland Yard, siguiendo la orden de extradición de una corte española que está investigando el asesinato de numerosos españoles durante el famoso reinado de terror de Pinochet en los 1970s.
Los chilenos acostumbran hablar de sí mismos y de su país con un suspiro. Chile, dicen, está aislado, solo, separado del resto de Latinoamérica por desiertos y montañas y mar. Pero los sueños y divisiones de Chile durante buena parte de esta mitad del siglo han sido típicamente latinoamericanos.
La semana pasada, mientras se extendía por Chile la noticia del arresto de Pinochet en Londres, la gente se congregaba en masas. De acuerdo a reportes de noticias, algunos aclamaban a España por detener al tirano asesino; otros demandaban a Inglaterra dejar en libertad al amado padre de la nación.
Octavio Paz, el más grande escritor mexicano de este siglo, observaba alguna vez que la calamidad de su país era que México, como Rusia, no tuvo un siglo XVIII. Paz quería decir que en los 1700s, cuando una gran parte de Europa derrocaba a las monarquías y establecía nociones modernas de derechos individuales y democracia, México permaneció amarrado al dominio de un orden viejo y decadente.
El punto de Paz podría extenderse al resto de América Latina. Para el tiempo en que se había logrado obtener la independencia de España, durante el siglo XIX, España había legado a sus antiguas colonias una tradición de autoritarismo y un orden cívico basado en el poder brutal.
La historia latinoamericana se convirtió en la historia de ejércitos en la noche. Un general del ejército era asesinado por un guerrillero que era asesinado por un general. Un líder triunfaba o derrocaba a otro para pararse junto a la ventana de palacio. Un hombre fuerte prometía la reforma agraria. El próximo hombre fuerte prometía restaurar los reclamos de los terratenientes.
Mi padre mexicano, que creció a comienzos de este siglo durante la violenta guerra civil que México aún prefiere llamar románticamente su «revolución»; mi padre mexicano que vio mexicanos matando a mexicanos (¡Viva México!, gritaba la muchedumbre en nombre del ganador); mi padre mexicano, que es uno de los hombres más bondadosos que conozco, piensa que lo que le ha hecho falta a México en este siglo ha sido un hombre fuerte: «alguien como Francisco Franco en España».
El General y la Guerrilla. Pinochet y Castro. La izquierda y la derecha en Latinoamérica han tenido, cada una, en años recientes, su propio «Latin Lover»: aquel idealizado hombre fuerte que albergaría la nación en sus brazos y desterraría el desorden. Orden; la promesa del hombre fuerte se extendió por toda la región. No había palabra más erótica en el léxico de América Latina.
Chile fue de los países más exitosos de Latinoamérica en establecer gobiernos democráticos bien temprano en su historia. Pero la tragedia de la nación fue que, para los años 1960s, Chile fue reclutada por la derecha y la izquierda internacionales para representar hasta el fin una parábola de la Guerra Fría.
Salvador Allende, amigo de Fidel Castro, ganador del Premio Lenin de la Paz en Moscú, imaginó como presidente de Chile que el futuro de su nación requería la nacionalización de la industria y la propiedad. Sería derrocado por su propio Comandante en Jefe del Ejército, Augusto Pinochet, amigo de la Casa Blanca de Nixon.
Los intelectuales de izquierdas americanos y europeo-occidentales glorificaron a Allende
después de su suicidio. Dieron a conocer la terrible noticia de la opresión por el ejército chileno: los juicios masivos en el Estadio Nacional, y las ejecuciones en masa, y los secuestros callejeros (los desaparecidos). Por otro lado, los intereses de compañías de Estados Unidos y Europa occidental celebraron cuando Pinochet volvió a dar la bienvenida a la inversión extranjera en Chile y privatizó las empresas.
Cuba y Chile son hoy países considerablemente diferentes, con economías muy diferentes. Cuba, ahorcada por el bloqueo económico norteamericano, ha pasado al óxido y a las colas por alimentos. Chile tiene una economía robusta y la clase media más numerosa de América Latina, si bien la brecha entre ricos y pobres se hace cada vez más grande y aumentan los escándalos en los tugurios que rodean a Santiago.
Y aún así, a pesar de todas sus diferencias, Cuba y Chile está unidas por extrañas similaridades. Por ejemplo, ambos países cuentan con el mayor índice de alfabetismo de América Latina. Los dos países continúan encontrándose también entre los socialmente más conservadores, en temas tales como el divorcio y la homosexualidad. Y en ambos países puede uno oír defensas del hombre fuerte que suenan extraordinariamente similares: Necesidad, necesidad, no había otra manera ...
En el otoño de su vida, Augusto Pinochet se había convertido en «senador de por vida», de acuerdo a las provisiones de la constitución que él mismo revisara antes de renunciar al poder en Santiago(así pues, sin renunciar del todo). Más viejo, había pasado de general -fotografiado siempre tras gafas de sol, sin sonrisa alguna, en uniforme, adornado de medallas- al abuelo chocho vestido con trajes ingleses. «Tata».
Abuelo de la nación, una parte de la cual aun seguramente lo querrá siempre.
Los muy ricos de América Latina hoy aman Miami, por hacer de moderadora entre un Estados Unidos demasiado eficiente y las desorganizadas naciones del sur latino. Pero para las generaciones más viejas, Europa fue la dirección admirada. Los mexicanos ricos, por ejemplo, siempre adoraron París.
Pinochet, el chileno, es un anglófilo. Es Londres lo que admira el Señor Pinochet: el tono civil de las cosas, el orden de la vida, Curzon Street y Green Park; es amigo del más grande de los Tories: la Baronesa Thatcher. La ironía: ningún presagio podría haberle advertido de que podía ser arrestado en Londres; él, un hombre viejo con cara tosca y manos de campesino, pero con suaves ojos azules.
La segunda ironía: es la España moderna, secular y democrática la que ha pedido justicia, una rendición de cuentas del hombre fuerte chileno. Mientras que en 1975 Augusto Pinochet fuera el único jefe de estado extranjero en asistir al funeral de Francisco Franco -el último de los hombres fuertes españoles- hoy España se halaga a sí misma con su propia modernidad. España ha encontrado su siglo XVIII y no quiere tener nada que ver con su viejo amigo.
¿Qué debe pensar Pinochet en su cuarto de hospital, sabiendo que Scotland Yard
lo espera del otro lado de la puerta? ¿Qué debe pensar de la libertad, de la aclamación de la que goza su camarada hombre fuerte latinoamericano Fidel, ahora incluso amigo del Papa?
El siglo XVIII, entretanto, apenas está comenzando a alborear en América Latina. Gobiernos democráticos y nociones de individualismo están formándose en América Latina para desafiar la inevitabilidad del hombre fuerte.
Mientras tanto, en Estados Unidos, el «Latin Lover» ha desaparecido de la pantalla. Hoy tememos al inmigrante ilegal. Sabemos de barones de la droga y de guerras en la jungla.
Sabemos de dictadores saludando a grandes multitudes desde balcones de palacio. Ya no soñamos con el «Latin Lover» que alguna vez amamos en la oscuridad.
Traducción al español: Lucrecia Miranda

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