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El Deporte Ya No Es Rey en la Tierra Del Individuo
Por Richard Rodriguez <richrod@sirius.com>
Date: 01-12-99
Las reacciones frente a la resolución de la disputa en el baloncesto profesional muestran que nuestra sociedad ha trascendido los límites del deporte como una empresa compartida y comunitaria. En su lugar, hemos hecho del esfuerzo individual el centro de atención -- tanto en nuestra fascinación con las celebridades como en nuestra mismísima definición del deporte. El editor de PNS Richard Rodriguez es autor del libro "Días de Obligación" y de la próxima aparición, "El Color Marrón". Rodriguez es ensayista habitual del programa The News Hour with Jim Lehrer y del periódico Los Angeles Sunday Times, en el que también se ha publicado una versión de este artículo.
En el mundo del deporte profesional, todos son ganadores menos Joe, el tipo común, el hincha, el imbécil de las gradas populares. ¿No se supone que es esa la lección que teníamos que aprender la semana pasada, cuando jugadores y propietarios de la Liga Nacional de Baloncesto (NBA) acordaron poner fin a su larga huelga?
La verdad más profunda es que todo el mundo -- los hinchas, junto con los jugadores millonarios y los aún más ricos propietarios -- pertenece a una cultura demasiado individualizada como para dar lugar a los usos tradicionales del deporte.
En las sociedades antiguas, en las que los juegos atléticos tenían una significación religiosa, el espectador era parte del significado del ritual. No podía haber un juego de verdad sin la presencia de los hinchas.
Incluso hoy, en sociedades tradicionales y altamente comunales, los espectadores asumen una profunda solidaridad con el equipo y con el juego. Así, existen guerras futboleras latinoamericanas entre países de verdad y gamberros británicos de clase baja que morirán, literalmente, por el Manchester United.
En la América postmoderna y secular, el evento atlético revela nuestros propios sueños, no tanto comunales como individualistas. Nuestro más grande testimonio del éxito, después de todo, no es la lírica de Homero ni la corona de laureles, sino los dólares y la fama (las chicas lindas y el BMW).
Nos gusta fingir, mientras miramos el partido de la NFL, que somos de una ciudad y que, de hecho, no peleamos contra la ciudad para adelantarnos en la autopista. Nos gusta simular, cada cuatro años, que el más profundo móvil estadounidense es más que individualista. Después de todo, los hinchas de nuestro país sentados en sus bancas del estadio durante las Olimpíadas cantan sin pensar: "U-S-A-U-S-A".
Pero por razones buenas y malas, nuestras vidas reales son hoy singulares. Y lo que realmente nos importa al final de la competición es lo siguiente: ¿Qué pequeña y simpática gimnasta, o mariscal del Super Bowl, terminará como único ganador en la tapa de la caja de cereales?
Bien, Michael Jordan está en la caja de cereales porque Michael Jordan es más bueno en el baloncesto que ningún otro. Y nosotros los estadounidenses comemos en los restaurantes del señor Jordan para compartir su gracia. Usamos zapatos y chaquetas y camisetas estampadas con su nombre.
Y este año, de acuerdo a Gallup, nosotros colocamos al señor Jordan muy cerca de la cima donde están los hombres que más admiramos en el mundo -- junto con el presidente Clinton y el Papa y Billy Graham.
Es por no querer enfrentar algo sobre nuestras propias ambiciones y sueños tristes que lamentamos la deslealtad del fullback universitario por "abandonar al equipo", y por firmar rápido con alguna franquicia en alguna parte y hacer un arreglo con Nike.
Cada vez que el equipo se declara en huelga nos comportamos como niños, añorando la Navidad perdida. Nos quejamos de los abogados y de los agentes deportivos -- "qué le han hecho al juego". Cada vez que algún propietario mueve un equipo o chantajea a alguna ciudad para quedarse, cada vez que algún jugador estrella abandona a la hinchada del pueblo, suenan los lamentos.
El único comentario conmovedor que escuché la semana pasada, después de que la NBA anunciara sus planes de reiniciar el juego, provino de un chico que juega al baloncesto a las dos de la mañana. Él es en gran parte el jovencito de la nueva ciudad estadounidense -- sólo a los doce años de edad (mamá haciendo crack, papá en prisión). Este jovencito, con el andar de un gigante, dijo, sin ninguna ironía aparente, que él ve a Michael Jordan como a un ejemplo a imitar.
Aparte de eso, en las entrevistas de televisión con Joe el tipo de la calle, se podría escucharlo otra vez, el dolor convirtiéndose en desafío. "Voy a boicotear su maldita temporada. ¿Quién la necesita"?
Y escritores deportivos bien en la mediana edad le sacaron el polvo a sus viejos ensayos sobre el día en que los Dodgers se fueron de Brooklyn -- y sobre qué distintos les parecían entonces los atletas profesionales, hace mucho, cuando eran jovencitos (antes de que sus padres se mudaran a Long Island). Por supuesto, los escritores deportivos de Los Ángeles tienen su propia versión de la tediosa elegía de Brooklyn. Es sobre el día en que los Rams se fueron de Los Ángeles y terminaron en algún sitio lejos de casa con un logo diferente en sus camisetas.
No hay nada en nuestra nostalgia de los viejos héroes del deporte que sea demasiado sabio, ya que no llega al verdadero punto de la cuestión. Seguimos esperando que los atletas tengan valores diferentes, mejores que los de los espectadores en el Superdome.
Pero nuestros atletas somos nosotros. La historia de la NBA en el periódico de la semana pasada terminaba en la página de negocios. (Nuestros atletas son hombres de negocios.) Nuestros atletas son también nuestros políticos.
Aún mucho más interesante la semana pasada que el arreglo de la NBA, fueron las noticias de que el luchador profesional Jesse Ventura había jurado como gobernador de Minnesota. La elección de Ventura, de acuerdo a las encuestas, se debió a los votantes jóvenes. El hombre que había cambiado su papel del "luchador malvado" por el papel de libertario sonaba atrayentemente moderno para muchos minnesotanos.
La fama política del señor Ventura, no por casualidad, llega en un momento en que la lucha profesional se ha convertido en la cosa más grande de la televisión de cable. Si el baloncesto profesional le debe su subida espectacular a la intimidad pegajosa de la televisión, hoy la lucha profesional pertenece a una sensibilidad de dibujos animados en la era de computadoras.
Los luchadores de la actualidad son enormes por esteroides y están llenos de ampulosidad -- hablan en viñetas. Parecen la invención de algún veinteañero de Silicon Valley. Porque al igual que en los video-juegos de las computadoras, aquí los guerreros están peleando en una fantasía frenética. Un guerrero es asesinado: nadie sale herido.
Y el público ovaciona y abuchea. (En la lucha profesional postmoderna los abucheos son una forma de aclamación.)
¡Bienvenidos al mundo del valiente nuevo mundo del atletismo estadounidense! Un mundo (sólo Dennis Rodman se atreve a imaginarlo) donde nada es tan importante como el brillo, y donde los espectadores, muchachos adolescentes y hombres crecidos, se visten, al igual que lo hacen en Halloween, para parecerse a sus villanos favoritos. Y la ovación del público -- como el dedo de un niño sobre la computadora -- determina quien "gana" finalmente.
Estamos, verdaderamente, a muchas décadas de distancia del día en que los Dodgers se fueron de Brooklyn. Estamos también a años de cuando mamá y papá se mudaron a Long Island para alejarse del Brooklyn negro.
Hoy sus nietos, chicos blancos de los suburbios -- los más solos y más modernos jovencitos del mundo -- muestran desinterés en la trilogía tradicional: baseball, fútbol americano, baloncesto. Cada vez son más los que se están desplazando hacia eventos atléticos en los confines del deporte.
Ellos los llaman "deportes extremos". El campo de juego es el cielo o la nieve o el concreto. El juego no es tanto una pelea entre jugadores adversarios. En cambio, el adolescente se mide con un rival invisible: la muerte.
Conozco a un chico que va al bosque cada fin de semana y se cuelga silenciosamente, sólo, de rama a rama. Le llama su deporte "tree hopping". Para él no hay espectadores. No hay lírica de Homero. No hay nada más que el riesgo solitario -- la competición postmoderna.
Pero los muchachotes del pelo anaranjado y chaquetas azules ya están en el juego. ESPN y ESPN2 y ABC Sports están planeando televisar casi 40 horas de los Juegos X este verano.
¡Chico, telefonea a tu agente!

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