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En Camboya, Los Fantasmas Del Ayer Narran La Maldad De Hoy

Por Andrew Lam

<lam@pacificnews.org>

Date: 08-11-97

La "tragedia de Camboya" ha sido tema de grandes comentarios y análisis, pero casi nadie ha tomado en cuenta lo que podría llamarse la dimensión "espiritual" del problema. Para los que viven en Camboya --por cada 10, 9 viven en el campo, y 7 de 10 son analfabetas-- la historia, tanto la actual como la remota, incluye la participación activa de fantasmas. El editor de PNS, Andrew Lam, es un cuentista y periodista que radica en San Francisco.

Durante el verano de 1992, estando de visita en casa de un amigo en las afueras del pueblo de Siem Reap, Camboya, desperté a media noche y por la ventana de mi cuarto vi que había fuego allá afuera; bueno, para ser más preciso, lo que vi a cierta distancia fue el movimiento de unas bolas de fuego que bailoteaban lentamente. Me quedé petrificado medio minuto observando esas bolas luminosas revolotear y coquetear la una con la otra hasta de repente desaparecer.

Hasta la fecha no sé qué vi, aunque luego de razonarlo pienso que habrán sido antorchas que portaban corredores muy veloces. Sin embargo, cada vez que les contaba a los soldados, a las sirvientas, a las esposas y hasta a los políticos acerca del fuego, muchos de ellos simplemente asentían con la cabeza como quien sabe del asunto y decían, "fantasmas."

"Hay tanto fantasma aquíee;, si viera," comentó una mujer muy quitada de la pena, "sus almas no se han ido al cielo. Todavía están muy encolerizados."

Para un periodista es riesgozo hablar de fantasmas; me tardé casi cinco años en relatar esta historia, pero yo sospecho que los fantasmas y los mitos y los espíritus nos abren una ventana clave hacia el psique camboyano. Al fin y al cabo que la influencia de la modernidad es casi nula en un país donde nueve de cada diez personas viven en el campo, sin electricidad, y donde 7 de cada diez son esencialmente analfabetas, y donde hay solamente un verdadero centro urbano, Phnom Penh, la capital.

Al hablar de las penurias de su país la mayoría de los camboyanos casi siempre relatan historias fantasmagóricas o cuentan leyendas, en lugar de hacer un análisis político.

Apuntes que hice durante mi recorrido por los campos camboyanos:

Una anciana llamada Srong dice lo siguiente acerca del Khmer Rouge.

"Los monjes de antaño solían decir: 'Un buen día va a desatarse una guerra y los demonios vendrán y la sangre subirá hasta la panza del elefante,' y así fue." Srong es ciega. Su rostro adquiere una rara serenidad al relatar que había presenciado el asesinato de sus propios hijos por el Khmer Rouge, y que luego se dio cuenta de que había perdido la vista. Se refirió a los años bajo el Khmer Rouge como "La Era del Castigo de Camboya."

Un hombre llamado Hott Nguong habla del Khmer Rouge. "Los soldados del Khmer Rouge están poseídos por demonios venidos del infierno. No tienen alma. Se nota con verlos a los ojos. ¿Acaso un ser humano es capaz de torturar niños hasta dejarlos muertos?"

Bonn Srey, una mujer que no sabe leer ni escribir, cuenta la tragedia de Camboya al decir que el país está maldecido. "Hace mucho tiempo, el rey de Camboya era poderoso y cruel con los países vecinos, y esas gentes maldicen a Camboya. Ahora Camboya está llena de demonios y de fantasmas."

Los intelectuales no son inmunes. Reasay Poch, un camboyano americano con maestría de Cornell en estudios asiáticos estuvo haciendo una investigación en Tuol Sleng, la prisión infame del Khmer Rouge donde unas 20,000 personas estuvieron encarceladas, fueron torturadas y luego sistemáticamente aniquiladas. Poch estaba trabajando en el segundo piso del edificio, leyendo y fotocopiando confesiones escritas que habían dejado las víctimas del Khmer Rouge, cuando oyó gritos y un traqueteo metálico. Apresuradamente fue a asomarse por el balcón que da a la cámara de tortura del primer piso, pero no vio nada. "Tuve que decirme a mí mismo que aunque hubiera fantasmas no me hubieran hecho daño a mí," dijo. "Después de todo, yo estoy aquí para ayudarles a contar su historia."

Yo intuyo que el pasado, tanto el mítico como el inmediato, es tan fuerte en la vida camboyana ya que es también el presente. Mientras que los países vecinos --Vietnam, Tailandia, y hasta el retrógrado Laos-- están avanzando tecnológica y económicamente, Camboya sigue siendo una sociedad agraria cuya gente sigue viviendo muy a la manera de sus antepasados.

No hay que ir muy lejos para ver el símbolo del pasado en la política camboyana contemporánea. Todos los bandos guerrilleros de principios de la década de 1990 llevaban impresa en sus banderas la imagen de la antigua capital, Angkor Wat. Todas las oficinas de gobierno, todos los restaurantes y todas las aulas tienen colgados sobre sus muros pinturas de esas ruinas de piedra. Son testimonio de un antiguo imperio que en otros tiempos comprendía hacia el poniente desde Tailandia hasta Birmania, y hacia el oriente abarcaba una buena parte del Delta del Mekong y Vietnam del Sur. Ambas, "Bangkok" y "Saigon," son palabras camboyanas.

Era un imperio que por un tiempo conoció a fondo el poder de la guerra y de la destrucción. En una época Camboya fue una nación hindú que veneró a Siva, el Dios Destructor. Según cuentan, al danzar ponía en movimiento las fuerzas creativas y destructivas del mundo.

Los que conocen la historia dicen que Siva sigue siendo un Dios poderoso y encolerizado. En Angkor Wat un guía camboyano da una explicación: "Nosotros no cumplimos con venerar a Siva y como castigo nos envió su Armada de Monos, representados en el Khmer Rouge. Siva prometió proteger a los que lo veneraran y destruir a todos los no creyentes. Y a nosotros nos castigó por no venerarlo."

Las cuatro caras de Siva y sus espeluznantes sonrisas simuladas están por todas partes de esa capital en ruinas. Cada una representa un aspecto diferente: la Creación, la Conservación, la Encarnación, y la Destrucción. Ahora mismo al escribir veo con los ojos de mi memoria esas caras pétreas misteriosamente sonrientes.

Recuerdo a Kall Kann, el adolescente de ojos de venadito que miraba fijamente los rostros de piedra. En un intento de decifrar el pasado, dijo: "Las caras en la piedra son de un Rey o quizás de un Dios, pero hace demasiado tiempo de eso. No recuerdo el nombre. Con toda seguridad mi padre sí sabe el nombre pero, bueno, mi padre está muerto."

Traducción de PNS por Rudolph Aceves.

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